Estimada lectora, estimado lector:

Cuando era pequeña, pasaba los veranos en Lloret de Mar, en una casa que mis abuelos tenían en la montaña. Durante tres meses al año y de lunes a viernes (los fines de semana nuestros padres no trabajaban y podían reunirse con nosotros), mis abuelos, mis primos, mi hermana y yo formábamos una atípica familia que se pasaba el día jugando. Por las mañanas íbamos andando a la piscina. Teníamos casi una hora de camino que se pasaba rápido si nos poníamos a cantar, a grito pelado, las canciones de Marisol o de Parchís. Recuerdo que mi abuela se sentaba durante horas en un banco a la sombra leyendo novelas de tiros y mirando, por el rabillo del ojo, como nosotros nos divertíamos en el agua. Por la tarde, ya de vuelta, jugábamos a pelearnos con los otros niños de la urbanización, nietos de los vecinos de mis abuelos que, como nosotros, también pasaban el verano lejos del asfixiante calor de Barcelona. Nos preparábamos a conciencia; construíamos cabañas con ramas secas, recogíamos piñas para poder lanzarlas como granadas, y hacíamos arcos y flechas con las varas que encontrábamos en el suelo. Incluso mi hermana, que siempre fue la más pacífica del grupo, recopilaba flores y hojas verdes de innegable valor curativo, por si alguno de nosotros salía dañado en la batalla. Y por las noches, mis primos, mi hermana y yo, pasábamos las horas oyendo con atención las historias que nos contaban nuestros abuelos. Eran historias trágicas, ahora lo sé, que ellos nos explicaban con gracia como si el tiempo hubiese borrado el dolor o como si el humor les hubiese permitido superarlo. Yo les escuchaba embobada mientras me los imaginaba de jóvenes en aquella tierra misteriosa y exótica que se llamaba Andalucía. Mi abuelo era un hombre carismático, si lo hubieras conocido sabrías a qué me refiero. Y a mí me encantaba pasar las horas a su lado, escuchando lo que, por aquel entonces, yo tomaba como leyendas, como cuentos o fábulas que avivaban mi fantasía. Y mi abuela, se entrometía en su relato aclarando hechos o negándolos ofendida cuando ella creía que salía mal parada. Siempre acababan discutiendo y nosotros, que nunca nos tomamos en serio sus broncas, muertos de la risa. Fue entonces  cuando comencé a escribir… y todavía lo hago.

En esta página encontrarás información sobre los libros que he publicado y algunas de las reseñas que han hecho sobre ellos…  Espero que te guste.

Raquel